décembre 2016 - América Latina y el Caribe

Ser Escuchadas Como Nunca Antes

“El propósito del grupo (de mujeres) es brindarles un espacio seguro y confiable, donde se sientan unidas a otras mujeres que han vivido experiencias similares. Aquí ellas pueden conocerse, trabajar con sus duelos, recibir apoyo…”

 

La violencia basada en género (VBG) es un fenómeno presente en todo el mundo. En América Latina y el Caribe se expresa de formas diversas: a través del matrimonio forzado a temprana edad, la exclusión de la mujer en ámbitos de influencia y toma de decisiones, la violencia psicológica, física y sexual. En ciertos ámbitos la VBG está validada culturalmente y normalizada socialmente, de modo que es difícil percibirla como tal, pero lo cierto es que si se mira con atención se puede descubrir que muchas mujeres se sienten expuestas y en riesgo en su quehacer cotidiano.

 

En situaciones de vulnerabilidad o crisis, como en desplazamientos forzados, los riesgos se multiplican. En esos escenarios las posibilidades de VBG ascienden, dado que en contextos de alta tensión aumenta la violencia de género.

 

Por ello RET viene implementando un trabajo de atención y prevención de la VBG, a través del trabajo con grupos de apoyo, en la región de América Latina y el Caribe. El propósito es generar espacios seguros en los que las mujeres participantes puedan ser recibidas y escuchadas, sin ser re-victimizadas o juzgadas debido a sus experiencias.

 

Estos grupos de apoyo, conducidos por especialistas, genera un proceso de recuperación de la confianza, aumento de la autoestima y conciencia de las propias capacidades para hacer frente a los riesgos y las adversidades, siendo capaces de sanar y fortaleciendo su conciencia individual y grupal. Estas mujeres aprenden que también muchas otras han enfrentado violencia y que lo que les ha pasado no es aceptable de ninguna manera, que no debe ser normalizado y que juntas son más fuertes.

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Así lo expresa Yosmailin Guerrero, psicóloga de RET en Costa Rica: “el objetivo del grupo es que puedan tener un espacio seguro y de confianza, donde se sientan seguras y unidas con otras mujeres que han vivido historias similares; allí pueden conocerse, trabajar sus duelos, tener apoyo…”

 

Del duelo personal al bienestar colectivo

En algunos casos, las mujeres que han sido víctimas de VBG tienden a aislarse, sienten cierta vergüenza por lo vivido, por ello los grupos de apoyo facilitan el “compartir la experiencia, que ellas se den cuenta que no están solas, que hay otras quienes han tenido experiencias similares y pueden constituir un apoyo; así vemos como dentro del grupo se van haciendo compañeras y amigas, se entienden y comparten sus vivencias”, nos cuenta Elisa Roca, psicólogo de RET en Ecuador.

 

En un grupo de apoyo de mujeres y para mujeres, los aprendizajes se impulsan y cada una se fortalece al compartir con las otras. Este proceso colectivo permite el desarrollo de mayor seguridad personal, al permitirles compartir sus historias, así como crear una nueva interpretación de su situación actual y descubrir nuevas maneras de seguir adelante. Un propósito siempre presente es el fortalecimiento y el desarrollo de resiliencia en cada una de las participantes, tanto para dejar atrás la experiencia violenta como para hacer frente y prevenir otras situaciones de riesgo. Crear fuertes vínculos entre las mujeres es una manera eficiente y sustentable de abordar la VBG.

 

Guerrero agrega que “una parte del trabajo que hacemos es hablar de los duelos, de los problemas vividos, de las penas compartidas, lo que dejamos al salir del país; esto es muy importante de abordar. Pero hay que avanzar a partir de allí, no quedarnos repitiendo la misma historia porque eso las re-victimiza. Así ocurrió en el grupo, ellas decidieron hacer algo diferente, así comenzaron a crecer, a valorar lo que tienen hoy, a construir una nueva historia y valorar sus saberes”.

 

El abordaje de RET combina la atención individual y el trabajo en grupo. La primera instancia permite el trabajo profundo sobre el trauma, la afectación psicológica y emocional por el evento o situación de violencia; el segundo espacio impulsa elementos de resiliencia, permite la apertura de cada mujer al ámbito de lo que pueden compartir, lo que pueden verbalizar frente a otras personas y así va creciendo su autoestima y su seguridad personal.

 

Esta articulación entre el apoyo individual y el grupal es explicado de forma breve por Roca, nuestra psicólogo en Lago Agrio (Ecuador):“algunas de ellas, al pasar de la terapia individual al proceso grupal, tomaron más valor, se sentían con más apoyo; este proceso las ayudó a integrarse, a sentirse acompañadas y tener más fuerza”.

 

El resultado de este proceso es que las mujeres aumentan su capacidad para generar cambios en sus vidas y las de sus familias, así como tener una positiva influencia en sus contextos. El dolor inicial produce la posibilidad de una mejor comprensión sobre las manifestaciones de violencia y discriminación, con una mayor capacidad de responder y movilizar a las comunidades hacia el respeto y el bienestar. Es sumamente importancia comprender esta dinámica, de modo que afrontar y prevenir la VBG es responsabilidad de todos los sectores y miembros de la sociedad.

 

Del propio cuerpo a la valoración del saber personal

“La autoestima de estas mujeres comienza muy baja, expresan que no se gustan, que no se quieren; por eso comenzamos desde el cuerpo, ese cuerpo donde sufrimos todas las violencias”, nos cuenta la psic. Roca, según su experiencia.

 

En los grupos de mujeres que facilita RET en América Latina y el Caribe, el trabajo desde el cuerpo es parte esencial del proceso, a veces como instrumento para recomponer una experiencia, para procesarla en la acción y permitir el surgimiento de recursos personales profundos para hacer frente a las situaciones de violencia. Es también la vía para recuperar el contacto consigo mismas y reconciliarse internamente, dejar de sentir vergüenza por lo vivido.

 

Trabajar a través del reconocimiento del dolor en sus cuerpos, actualizar y procesar las memorias de la experiencia violenta en un modo seguro, darse apoyo unas a otras y expresar los duelos, permitir el proceso de sanación a través del movimiento físico, crear figuras o esculturas individuales y grupales, todo ello es parte del proceso de exploración e identificación de sus propias historias. Cuando ellas ganan confianza y descubren diferentes formas de estar en contacto con sus cuerpos, estas mujeres experimentan un incremento de su autoestima.

 

Así también se va pasando del hecho violento a la valoración de los propios saberes y las capacidades particulares. Guerrero nos pone como ejemplo el valor que ha tenido en el grupo de mujeres en Costa Rica el compartir conocimiento culinario: “La comida es algo que las identifica mucho, un plato las transporta, les recuerda cuando lo cocinaban con su abuela o su mamá en su país de origen; por eso ahora están creando un recetario con las recetas de diferentes países, traídas por las mujeres del grupo, quienes además van contando la historia detrás de esa receta. Se sienten muy orgullosas de poder compartir esto que saben”.

 

Estas vías a veces indirectas, centradas en la cohesión grupal y en la construcción de resiliencia, producen efectos visibles y duraderos. Así también las mujeres participantes van aprendiendo sobre aquello que experimentaron y al ir sanando las emociones, abren la posibilidad de comprender y así apoyar a otras. En estos grupos se van convirtiendo en multiplicadoras de la experiencia y en fuentes de apoyo para otras mujeres.

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En este sentido, Roca nos comenta que: “en las sesiones más recientes hemos trabajado para entender qué es la violencia de género, cómo funciona, cómo son los ciclos, qué es lo que hace que una pueda quedarse estancada o enganchada en una situación de violencia por tiempo prolongado; la idea es que estas mismas mujeres puedan identificar las etapas y las características de aquello que vivieron para apoyar a otras”.

 

Por fin: ser escuchadas

Son muchas las historias, los casos que podemos considerar emblemáticos, de mujeres que han venido superando situaciones de violencia y hoy son referentes en sus grupos y líderes en sus comunidades.

 

Es el caso de Eulalia*, quien paso por 11 años de violencia con su expareja. Durante los últimos años de esa vivencia, no dejó de tener pesadillas cada noche, de cuestionarse la parálisis en la que había caído y que producía la imposibilidad de salir de esa situación que la hería constantemente, que la mantenía limitada e intranquila. En su proceso individual ella comenzó a comprender lo que estaba pasando, enfrentó sus más profundos temores y se movilizó para encontrar una salida real: descubrió que no solamente se trataba de alejarse de quien le hacía daño, sino de reconstruirse a sí misma, encontrar su verdadera motivación para cambiar su vida y emprender un camino de autocuidado y descubrimiento de sus capacidades. Después de un año de trabajo, hoy Eulalia se ha convertido en una líder dentro del grupo de mujeres, una referencia para otras compañeras en su comunidad; ella ha retomado sus estudios en el colegio y está ahorrando porque desea ingresar posteriormente en la Universidad, todo ello sin dejar de cuidar a sus hijos y con un fuerte compromiso en brindar apoyo a otras mujeres.

 

La historia de Antonia* también es emblemática de lo que va lográndose en los grupos de mujeres. En su vida han sido muy pocos los momentos en que no ha experimentado violencia en su entorno o directamente hacia ella, a tal punto que se le hacía casi imposible poder distinguir entre un trato violento y uno no violento; para ella la violencia se convirtió en algo normal y cotidiano. Por violencia se vio obligada a dejar su país y solicitar refugio en un nuevo territorio, la violencia también había disminuido su voz, durante la mayor parte del proceso de trabajo mantuvo silencio. Pero Antonia finalmente decidió hablar, reunió el valor necesario para compartir su historia y su mayor sorpresa fue encontrarse en un entorno en el cual no se le juzgó ni victimizó; su relato se convirtió en un evento importante y acogido por el grupo como parte del proceso de sanación que todas compartían. Antonia entonces expresó lo que quizás todas sentían: “es la primera vez en toda mi vida que yo comparto mi historia y alguien me escucha”.

 

* Su nombre ha sido cambiado para garantizar su anonimato.

Updated, décembre 9th, 2016